ALBRICIAS LIMINARES LUBRICADAS CON LIBACIONES
Hay una forma de entender la propiedad que no tiene nada que ver con el tedio del catastro, sino luz que amansa la balaustrada atardecida. El lujo, concepto que hoy es manejado con sin son, como quien no sabe sacarle swing al tintineo de cubos de hielo en gin-tonic desacompasado, es en realidad un pacto muy antiguo; nudo borromeo que se ató hace milenios bajo la cadencia que mecía los olivos del mar nuestro.
Dicen que l@s primer@s señor@s del diner@, en cuatro por cuatro, paseando con presocráticos, sabían que el mundo estaba hecho de agua o fuego y no daban un paso sin un filósofo o matemático con la nuca tensa de tanto avizorar los cielos, como Tales de Mileto cayendo al pozo y las carcajadas de la cortesana; con objeto de que esos arquetipos excéntricos a decir del vulgo (no habiendo causa más centrada) comentaran el misterio de los aires venideros, también o especialmente de los ctónicos y sus moradores de tierra, calculando la métrica de los altares o lagares.
Aristóteles recibido con honores y el postrero protagonizar la comedia de un asno rijoso condenado por malentender el lujo de la lujuria, sin duende o con tanto… ¿Acaso no coyundan tontería y sapienza por enriquecer la comedia?
Recordemos que para pitágóricos, filosofía y matemática son prácticamente gemelares aunque pudiéramos decir mellizas, en tanto que una sabiduría cerrada, sin gusto por el aprendizaje, es más obstáculo que sendero: esto es, no hay, entonces, los tales carneros en esa supuesta presciencia.
Triangulando el trazo con su intuición y las profecías de los poetas, forjaron esta odisea que comenzó con el carbono en tránsito por el sílice con el objetivo inmarcesible de revolucionar al glorioso origen, siempre. Lujo es saber que revolución tiene más acepciones que la manida y consabida; revolucionar es, realmente, la cóncava evolución espiral, sinuosa, toroidal y súbita hacia el mismo exacto punto; girando sobre uno mismo para esquivar el embate lineal del proyectil amigo, porque obliga a aprender la danzastral.
El éter del noble ponía el jardín, el sabio ponía el asombro y juntos alumbraban el devenir transhumano, ¿no es divino? Era una simbiosis perfecta y trina: el poder compraba el cobijo de la silenciosa logia en el sancta sanctorum, el intelecto amante devolvía una y otra vez, tras toda crisis, el sentido vital y, juntos, parían el Horus “sunrises”-ente insoslayablemente paradisíaco.
Ente, ente, ente, entre avanza y detente: el gozo de saber que la quietud es un movimiento inexpugnable.
Con los alfareros de la-la-rá burguesía, en el séptimo antes de nuestra era, la de los barcos con las cráteras de vino y el aceite, recordó que para ser eterno no bastaba con ser rico; había que tener un poeta que rimara tus gestas y supiera situar tu casa astronómica exactamente bajo el ángulo del deleite. Vino adentro y aceite fuera, de oliva, ese cósmico bálsamo cosmético.
Entretanto, en la gema de la rama cibernética, Herón de Alejandría proyectaba la magia tecnológica ajustando sus máquinas inspiradas en el famoso templo del mítico Magister de Samos, místico de los números aplicados, configurando los primeros ordenadores, redes de información, en suma. Casas dignas de los dioses en naves acogedoras que hacían música con los soplos de Bóreas, esbozaban la domótica y hasta el séptimo arte o la realidad virtual en pasadizos muy calibrados, conociendo la influencia de las ilusiones en la sique humana.
Seguramente, avances en la hechura de las negras cráteras narrativas del Maestro de Dípilo infiltraron formas en el Partenón, que no se levantó en el IV a.C. sólo con sillares, sino con la visión de Pericles y el cincel de Ictino, Calícrates y Fidias, genios que sabían que la belleza es la única moneda que no se devalúa.
El uno es trino desde el primer canto: hacen cuatro, la cruz de la mira invisible mas presente en la retícula del iris de Artemisa, cuya medalla, qué risa, por describilla en primicia disputó, como el cruce en el eje de abscisas y ordenadas, a Gascoigne y Hooke en el XVII.
Día a día, diciendo del tres al cuarto -de tortura- para confundir a los profanos e infundir temor reverencial. Un triángulo truncado sugiriendo la base tétrica y tetraédrica que peripatética propone el cuarto sello de los tretradracmas, los cuatro delfines de Siracusa alrededor de la cabeza de Aretusa, con sus metónicos diecisiete gramos, asimismo, en el cuarto antes del ignoto crístico: ungido de fármacos.
Uno más siete, ocho; cuatro por dos, el sin fin; tres elevado a la cuarta potencia, ochenta y uno: el eneagrama y pongamos que hablo del acento en la clave SOL(G).
Ese hilo trenzado atraviesa el manantial de la náyade, hija de Hiperénor, de signos sigilosos por los siglos de un sosegado silencio acuartelado en la villa de invierno, pasando por el mecanismo del aún latente derecho romano, donde el emperador desayunaba con Virgilio, y se refugia en los monasterios del Medievo, donde la espada ruda y mellada humillará la punta ante el monje que ilumina un códice en el preciso instante que Santo Tomás pone el cielo en orden a fuerza de contradecirse para que Cervantes nos enseñe que la verdadera mansión está en el ingenio de quien, aun sin blanca, es dueño de todos los bienes pasados, futuros y presentes porque poseía la poesía de algo que nadie podría, jamás, arrebatar: la sempiterna morada interior.
Hoy, mientras el sol apunta con cada día más pujanza vertical por los ventanales de una residencia en la Costa Brava o un ático en la Castellana, ese pacto monolítico sigue vivo. El lujo contemporáneo es la herencia de Hölderlin, que buscaba a los dioses en la técnica naturaleza perfecta de la explosión primaveral, acechando, y de Lorca, que sabía que una casa sin alma es solo un inventario de mampostería de largo luto.
En Oi Real Estate, cada espacio que se ofrece es un intento de recuperar esa armonía: el lugar donde el patrimonio se rinde ante la estética y donde, por fin, el titular pueda sentarse sabiendo cómo las estrellas titilan rojas y azules, tal hacían en Lúxor, aposentadas sobre su tejado indicando el latido de los arcanos aún en la noche más cerrada.
Al final, la vida es una propiedad que se alquila por un tiempo breve, y lo único que queda es la embriaguez que recrea y enamora al sabor de una copa de vino traída por el mismísimo Hermes disfrazado de cartero desde la bodega del Hotel Château Viñasoro, compartida con quien tú más quieras bajo un techo que, además de refugio, sea también pura lírica.
…
Hasta aquí un texto que tengo a bien ofrecerles para la publicación de su revista. Seguido, un enlace a Youtube con el esbozo de una demo que puliré con tiempo y plazo:
https://www.youtube.com/watch?v=qSqkle8Bb3k
Quedo muy agradecido.
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